29 de diciembre de 2011

Pendiente resbaladiza de la eutanasia


El pasado mes de noviembre de 2011 un panel de expertos de la Royal Society of Canada (RSC), presidido por el profesor Udo Schuklenk, ha publicado un informe titulado “Decisión al final de la vida” en el que analizan la situación de la eutanasia y aportan algunas sugerencias al respecto, desde una posición muy favorable a la misma. La RSC es una institución canadiense creada en 1882 que se dedica a reconocer la excelencia en el aprendizaje y la enseñanza.
El informe analiza la situación de los cuidados al final de la vida en Canadá y el marco legal en ese país. A continuación entra de lleno en un análisis ético. En él, los expertos llegan a la conclusión de que dentro de una escala de valores bioéticos, el valor principal es el de la autonomía del individuo, principio que denominan como el de auto-determinación, al cual consideran la piedra angular de las sociedades democráticas. Ya Stuart Mill había indicado que el papel fundamental del Estado es proteger la soberanía del individuo en las acciones que tienen que ver consigo mismo. Para el padre del utilitarismo, ningún poder puede intervenir en las decisiones que uno toma respecto de sí mismo. Es decir, que cada individuo tiene el derecho a actuar de acuerdo a su propia voluntad en tanto que tales acciones no perjudiquen o dañen a otros. Kant, por su parte, defendía con los filósofos ilustrados que para que el hombre sea capaz de decidir por sí mismo es preciso que previamente disfrute de la autonomía de la razón, iluminada por la educación. Esta iluminación permite al hombre salir de su inmadurez innata, entendida ésta como la incapacidad para lograr el auto-conocimiento sin contar con la ayuda de otros. Por eso, la responsabilidad del Estado es ayudar a esta tarea formativa de las conciencias, para permitir así que el individuo pueda tomar sus propias decisiones.
Los miembros de la RSC opinan en el informe que al actuar así hay un claro riesgo de caer en un paternalismo del Estado que limite la autonomía del individuo bajo la excusa de proporcionarle los medios para poder ejercer efectivamente tal capacidad de auto-determinación. Como consecuencia lógica de estas premisas, el informe señala que si alguien es competente, y solicita libremente asistencia para matarse, debería ser ayudado a ello, puesto que el Estado no puede negarse a cumplir con la voluntad soberana de los individuos en lo que a ellos mismos compete. Así pues, para estos líderes del pensamiento, con la eutanasia no se trata de evitar caritativamente el sufrimiento de los enfermos terminales: Por encima de ello, se trata de respetar el valor supremo de la autonomía del individuo que desea matarse. Bien es verdad que, teniendo capacidad para actuar, uno siempre podría coger un arma y pegarse un tiro. Pero es lógico entender que ciertas personas no tengan el valor de hacerlo (a pesar de desear acabar con su vida) o de dejar a sus familiares con la desagradable consecuencia de tener que limpiar los restos de su cerebro esparcidos por la habitación. Y por ello, solicitan ayuda médica para matarse sin manchar el suelo de la cocina (y perdonen la simpleza). Amén de otros que, aunque quisieran, no tiene capacidad física para provocarse a sí mismos la muerte.
"La manera en que morimos", concluye el panel, "refleja lo que creemos que es importante, tanto como las otras decisiones fundamentales de nuestras vidas.” Por tanto, en un Estado que protege los derechos individuales, decidir cómo y cuándo quiere uno morir debería reconocerse como un derecho fundamental. Aún más, como el principal de los derechos.
Con estos antecedentes, el informe se dedica a continuación a desmontar el único argumento sólido que consideran existe para oponerse a la eutanasia, cual es el de la “pendiente resbaladiza”, según el cual, si se permite la eutanasia para los pocos casos en los que es éticamente aceptable pronto se acabará aceptándola para otros casos menos claros y será imposible ponerle coto, llegando incluso a ser aplicada en casos en los que el enfermo no la ha solicitado. En esto sí estoy de acuerdo con la tesis que utilizan: Porque es absurdo usar como argumento contrario a la eutanasia que su aceptación en casos concretos puede llevar a ser mal usada, generalizando su uso en personas que no han prestado su consentimiento. Ese no es el problema. Hay uno previo que es, precisamente, el de aceptar que en algunos casos sí pueda ser éticamente aceptable la eutanasia. De hecho en el informe se analiza la situación de aquellos sitios donde es legal (Holanda, Bélgica, Luxemburgo y los Estados de Oregón y Washington) para concluir que en estos lugares las muertes por eutanasia no han aumentado: Según ellos, en Holanda, la eutanasia representó el 1,7% de todas las muertes en 2005: Exactamente el mismo nivel que en 1990. Es más, según el informe, la frecuencia de poner fin a la vida de un paciente sin que este lo hubiera solicitado explícitamente se redujo a la mitad durante el mismo período, de 0,8% a 0,4%. En Bélgica, si bien la eutanasia voluntaria subió de representar el 1,1% de todas las muertes en 1998 al 1,9% en 2007, la frecuencia de poner fin a la vida de un paciente sin petición explícita del mismo cayó del 3,2% al 1,8% (lo cual, convendrán ustedes, le deja a uno mucho más tranquilo…). En Oregón, donde la Ley de eutanasia existe desde hace 13 años, no pasan de 100 casos al año, y el total anual en Washington es inclusive más bajo. Pecata minuta.
Respecto a la objeción de conciencia de los médicos, el informe propone una curiosa solución: Aceptan que un médico por cuestiones de conciencia no quiera practicar la eutanasia. Pero consideran que en ese caso, debe derivar al enfermo a otro médico que sí lo quiera hacer. Es decir: “Yo estoy en contra de matar, pero mire usted, vaya a esta otra persona que sí le matará tranquilamente”. Está claro que para los expertos, el derecho a la propia autonomía del enfermo tiene preferencia sobre el de los médicos, si bien el informe reconoce que no saben cómo resolver este dilema…
Sorprendente, en fin un informe pro-eutanasia redactado por supuestos expertos, que resulta tan pobre de argumentos que los agota en sí mismos y se queda sin ellos. Por la pobreza de sus argumentos no alcanza siquiera la categoría mínima necesaria para poder ser utilizado por el “doctor” Montes en su defensa de la muerte. Aunque, quién sabe. A lo mejor les estoy dando ideas…
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