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24 de abril de 2012

Madres solteras por elección



Históricamente, las mujeres que se quedaban embarazadas sin estar casadas en España eran desacreditadas, en un absurdo ejercicio de hipocresía. Evidentemente, para que tal hecho ocurriera, en el origen del embarazo debía haberse visto involucrado también un varón. Pero él nunca sufría el estigma social. Tan solo la mujer debía afrontar en solitario el escándalo de haberse quedado embarazada fuera del matrimonio, signo inequívoco de haber mantenido relaciones sexuales cuando no debía. Por eso, como se indica en un estudio del Instituto de la Mujer sobre el tema, en nuestra sociedad hubo durante muchos años niños a los que se hizo creer que eran hermanos de sus madres (solteras), e hijos de sus abuelos. Falsedad que no descubrían hasta que, por matrimonio u otra circunstancia, solicitaban una partida literal de nacimiento. Sólo las viudas escapaban a esta realidad de ocultación, puesto que gozaban de aceptación social, no exenta de conmiseración. Dado que, en cualquier caso, este fenómeno se trataba siempre de ocultar ante los demás, no existen estudios fiables sobre su incidencia real en España.
La Constitución Española de 1978 estableció en su artículo 39 “la igualdad de todos los hijos ante la ley, con independencia de su filiación, y de las madres, cualquiera que sea su estado civil”, lo que conllevó la reforma del código civil que condujo a la equiparación en derecho de todos los hijos, independientemente de su carácter matrimonial o extramatrimonial, consiguiéndose así respaldo jurídico para la maternidad de las mujeres solteras. Hubo dos hitos legales importantes que influyeron en este cambio: Por un lado, el ya citado de la Ley 21/1987, que modificó el Código Civil en materia de adopción. Y por otro, la Ley 35/1988 que reguló por primera vez las Técnicas de Reproducción Asistida. Tanto en un caso como en otro, las leyes permitieron a las mujeres acceder en solitario a la maternidad, por lo que, desde hace veinticinco años, las mujeres españolas han podido ser madres en solitario, tanto a través de la adopción, como mediante técnicas de reproducción asistida, siendo este hecho original con respecto a otros países de nuestro entorno.
Si se excluyen los casos de embarazos de adolescentes, que debemos considerar “no deseados” en su práctica totalidad, para entender el alcance de los casos de madres solteras podemos analizar los porcentajes de embarazos entre mujeres solteras de 35 años o más respecto de las casadas. Este grupo accede a la maternidad en solitario, ciertamente, por decisión propia. Pues bien, en el año 1985 representaban apenas un 6.3% de los nacimientos entre las mujeres de este grupo de edad. Tan solo veinte años después, esta cifra se ha incrementado hasta el 20.5%. Evidentemente, se incluyen aquí tanto a las “genuinas” madres solteras como a aquellas madres que conviven en pareja pero sin vínculo alguno. Esta cifra, con ser muy preocupante (por lo alta), aún es baja comparada con la media europea, que está en el 25.6%, destacando los casos de Francia, con el 42.3% o Suecia con el 49% de todos los nacimientos fruto de madres solteras.
En España, también en este aspecto, somos líderes respecto a otros países de nuestro entorno. Porque como cada vez está resultando más difícil la adopción por parte de mujeres solas, se está empezando a recurrir abrumadoramente a la opción de la inseminación artificial para lograr un embarazo para el que no se quiere tener que recurrir al concurso de un varón. Según la asociación de madres solteras por elección, Masola, ni la crisis económica ha conseguido disuadir al creciente número de mujeres que deciden ser madres en solitario. A falta de estadísticas oficiales, el incremento ha sido del 100% en la última década, según datos de los centros afiliados a la Asociación Nacional de Clínicas de Reproducción Asistida (Anacer). En este sentido se calcula que entre el 15% y el 20% de las mujeres que acuden a uno de estos centros lo hacen solas. Mientras que una de cada diez adopciones en España las llevan a cabo mujeres sin pareja. La propia página web de Masola anuncia a las potenciales interesadas el siguiente reclamo (por cierto, en inglés): “¿Quieres ser madre soltera por elección? Si quieres ser madre, pero no tienes novio o tienes novia (sic) la legislación española de reproducción asistida te permite acceder a un tratamiento de fecundación artificial con semen de donante. Pídenos información”. Entre los anuncios de dicha página hay otro, también en inglés, de un centro que ofrece inseminación artificial a domicilio. Proponen un 5% de descuento para comprar esperma de donante, que te llevan a casa… Sé que suena a otra cosa, pero es exactamente así como se anuncia.
Traigo estos datos porque echan por tierra uno de los argumentos más frecuentemente utilizados para defender la FIV, cual es el de que no se puede uno negar a satisfacer los deseos de paternidad de una pareja que por razones físicas no puede tener hijos “de forma natural”. Si esos padres tienen la posibilidad de acceder a un tratamiento artificial que les permita tener un hijo, es decir, traer una nueva vida a este mundo, ¿con qué derecho se oponen a ello los defensores de la vida? Ya se ve que la realidad es bien distinta: No se trata de respetar los derechos a la vida de un niño, que de otra manera no habría llegado a poder nacer. Se trata de una clara confusión del derecho que tienen los padres a tener un hijo con el verdadero derecho, que es el que tiene el hijo a tener unos padres… Un hijo nunca es un derecho de nadie. Porque no puede ser considerado un medio para nada. Mientras no respetemos la ecología, que nos hace a todos los hombres iguales frente a nuestros progenitores, estaremos atentando contra la dignidad humana. Cuando un hijo es forzado a nacer de forma artificial le colocamos en situación de inferioridad respecto a sus padres o a los médicos. Lo cual supone un evidente desprecio a su dignidad como ser humano, único e irrepetible. Y provoca situaciones como las que he señalado someramente, en las que la voluntad de una mujer de tener un hijo sin que participe en el proceso un hombre, lleva a forzar el nacimiento artificial de un hijo, huérfano de padre por elección de su madre… Muchos defienden este planteamiento, buscando ser consecuentes con el respeto a la libertad sin límites de la persona. No estoy muy seguro de si esos tales elegirían para sí, de poder hacerlo, ser hijos de una madre soltera por elección. Igual sí.

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29 de abril de 2010

Derecho a tener hijos

Mal acaba lo que mal empieza. La producción de seres humanos en laboratorio está permitida en la mayoría de países occidentales porque se ha impuesto la idea de que el hombre tiene derecho a tener hijos. Y cuando la Naturaleza no lo permite, la Ciencia puede acudir en su auxilio, como lo hace en otros muchos casos. Si se justifica, y es perfectamente legítimo, colocar un aparato que de forma artificial regule las pulsaciones cardiacas para permitir que una persona con problemas coronarios tenga una mejor calidad de vida (y una vida más larga) ¿por qué no habría de ser lícito recurrir a la Ciencia para solucionar el problema de la infertilidad de las parejas?

En mi opinión, debe afirmarse, en primer lugar, algo que no por evidente es menos necesario recordar: No se debe hacer todo lo que se pueda (físicamente) hacer. En otras palabras, existen unas normas morales que están por encima de nuestras capacidades de obrar y que las regulan, estableciendo lo que es éticamente correcto y aquello que no lo es. Por mucho que yo sea capaz de asfixiar a un bebé que con sus lloros no me deja dormir, porque tengo la fuerza y la capacidad de hacerlo, no lo debo hacer porque ese bebé es un ser humano cuya vida es igual de digna de respeto que la mía. De igual modo, aunque la ley permitirá dentro de poco en España que cualquier mujer acabe con la vida de su hijo si este tiene menos de 14 semanas de vida, tampoco debe hacerlo por la misma razón. Y así hay muchos más ejemplos. Por tanto, aunque la técnica permita fecundar en una placa de Petri un óvulo de una mujer con semen de un hombre, no por ello se debe hacer.

La segunda evidencia, que conviene recordarse, es que no existe el “derecho” a tener hijos, porque un derecho es exigible en cualquier circunstancia. Entender a un hijo como un derecho propio implica su cosificación, y una relación de dominio del padre sobre el hijo, que repugna al entendimiento. La manera en la que todos venimos a este mundo nos coloca en un plano de igualdad con nuestros padres, que no pueden hacer activamente nada por escogernos tal y como somos, con nuestras características genéticas particulares, ni por llamarnos a la vida justo cuando ellos lo desean. Afortunadamente, las leyes naturales se encuentran por encima de los padres y regulan los nacimientos, de forma eficaz, propiciando un adecuado equilibrio biológico. Por tanto, no son los padres los que tienen derecho a tener hijos, sino que son los hijos los que tienen derecho a tener unos padres.

Una cosa es que la Ciencia ayude a unos padres a lograr la fecundación a través del acto conyugal, removiendo las barreras naturales que impiden la fecundación, lo cual no tiene nada de reprobable. Y otra muy distinta, que lo sustituya, realizando una fecundación artificial. Dejaré de lado los casos más evidentes de la fecundación artificial, donde podría haber menos discusión acerca de su no licitud, que son aquellos de fecundación heteróloga, es decir, con gametos provenientes de donantes diferentes a la pareja. Tal posibilidad abre las puertas (que ya se han cruzado) de que puedan tener hijos dos lesbianas, o una made soltera. Su propio enunciado resulta (aún) tan chocante que nos resulta más sencillo comprender que, por alguna razón, tales prácticas no deberían ser realizadas.

Muchos, sin embargo, no entienden por qué esto sea reprobable cuando se realiza dentro de la pareja, con sus propios gametos, en el caso de unos esposos que no pueden tener hijos de forma natural. La razón fundamental que lo explica es que la fecundación artificial atenta siempre contra la dignidad del ser que va a ser concebido, porque lo COSIFICA. Su origen no es fruto del “azar”, de la sorprendente recombinación del material genético de sus padres, ni es absolutamente independiente de la voluntad de sus progenitores, que no pueden escoger (forzar) el momento, ni el sexo del hijo ni sus características genéticas. La fecundación artificial, por el contrario, se realiza por técnicos ajenos a sus padres, que adquieren con el que va a ser concebido una relación de tipo “objetual”, de dominio, similar a la que se da entre el fabricante y su producto. Hasta el punto de que el fabricante se siente con la libertad de destruir su producto si observara algún defecto de fabricación.

El ser humano tiene derecho a ser generado como una persona, y no a ser fabricado como una cosa o un animal. Por eso es rechazable la FIVET (fecundación in vitro con transferencia de embrión), incluso cuando se realiza con material genético de sus propios padres. Y no hemos enunciado siquiera los problemas derivados de las reclamaciones (que se han dado) por errores o negligencias, como el de la viuda que demandó a la clínica donde se implantó los embriones producidos antes de la muerte del marido, porque tuvo un hijo mulato cuando su difunto marido y ella eran de raza blanca. O los problemas con la ausencia de registros, que pueden provocar casos de consanguinidad por ignorancia, con el consiguiente riesgo biológico para las siguientes generaciones. O la respuesta a qué hacer con los embriones congelados en caso de divorcio (¿serán considerados bienes gananciales?).

Si comprendemos los puntos precedentes podemos aproximarnos mejor al problema de qué hacer con los embriones congelados, sobrantes de procesos de FIVET. Estos embriones, la mayoría de los cuales morirán sin haber llegado siquiera a nacer, plantean un serio problema, que algunos tratan de solucionar proponiendo su adopción por parte de aquellas mujeres dispuestas a ello. Dejemos de lado el hecho de que esto no solucionaría del todo el problema (porque el número de embriones congelados supera con creces al de las voluntarias a recibirlos en su útero). En cualquier caso, habría que lograr en primer lugar que se prohibiera la producción de cualquier nuevo embrión en todo el mundo, ya que de lo contrario el problema no acabaría nunca. Lo cual no parece muy realista hoy en día. La pregunta que se plantea en este punto es qué características deberían tener las mujeres que se ofrecen voluntarias a adoptar los embriones congelados para que fuera aceptada su solicitud. ¿Deberían ser aceptadas sólo las casadas (con un hombre…)? ¿O podríamos también aceptar a mujeres solteras (incluso monjas, que ya se han ofrecido en algún caso, llevadas de su afán de salvar a esos niños indefensos de una muerte segura)? ¿Deberíamos aceptar solicitudes de mujeres en la menopausia? ¿Y las de madres de alquiler, que los engendrarían para darlos después en adopción?

Todo ser humano tiene derecho a nacer. Y ello implica el deber de la gestación y del parto por parte de la madre natural, y solo de ella. Ningún tercero tiene el deber de responder a este derecho. Estoy de acuerdo con Mons. Elio Sgreccia, quien dice que la propuesta de la adopción pre-natal no se puede presentar como una obligación moral, dados los riesgos médicos y la “in-naturalidad” de semejante gestación. En mi opinión, la única persona que tiene derecho a “rescatar” a los embriones congelados de su incierto destino es su propia madre biológica. En todos los demás casos si un extraño genético hace eso, por mucha buena intención que exista, el niño sufre una segunda violación de sus derechos a través de la transferencia heteróloga de embriones, que es análoga a la fecundación in vitro heteróloga y la subrogación. El tema, como vemos, no está ni mucho menos cerrado. Y puedo estar equivocado. Si ni siquiera la Iglesia tiene una postura definida…

Publicado en Religión en Libertad el 27 de abril de 2010
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9 de febrero de 2010

Pirámide poblacional y estado de bienestar

En estos días nuestro gobierno anda preocupado por el futuro de las pensiones. Si continuamos así, el mundo feliz que disfrutamos se acabará. Y los que hoy estamos en la mitad de nuestra vida profesional nos encontraremos con la sorpresa de haber soportado la pensión de nuestros padres, pero sin que tengamos detrás un remplazo que soporte la nuestra. Por eso se estudian medidas que resultan harto impopulares, como el alargamiento de la edad de jubilación hasta los 67 años, para impedir la quiebra de nuestro sistema de pensiones. Sólo la presencia de los inmigrantes en los últimos años ha podido frenar algo el desastre, al haber aportado ellos más cotizantes a la Seguridad Social y una mayor tasa de natalidad, que nos ha hecho alcanzar los 46 millones de habitantes (creo).
Tengo para mí que hay un aspecto que nadie se atreve a tocar, porque resulta poco elegante, pero que es crítico: La única solución para evitar nuestra desaparición como nación, como sistema económico  (y como cultura) es que los españoles tengamos más hijos. Que pasemos de tener 1,41 hijos por mujer del año 2009 a superar los 2,1, que es la tasa considerada como de reemplazo, donde los nacimientos superan a las defunciones. Vamos, que la gente perdiera el miedo a ser familia numerosa (que se es ya con sólo 3 hijos). De lo contrario, la pirámide poblacional se convertirá pronto en un hongo, donde pocos jóvenes tengan que soportar a muchos viejos, provocando el colapso total del sistema, como el hongo provocado por una bomba atómica, cuyo gráfico será el resultante de tal situación. Pueden ver más datos en este informe del IPF.
Lo que ocurre es que no me imagino una campaña del gobierno animando a las parejas a tener más hijos. Sería inmediatamente tachada de intervencionista, paternalista o retrógrada. ¿Cómo podemos aceptar que el gobierno se meta a decirnos cuántos hijos debemos tener? No obstante, la contraria no suena mal. ´Sí que se puede hacer una campaña para usar el preservativo, o educar a nuestros jóvenes en el eufemismo de "salud sexual y reproductiva", que esconde el freno a la natalidad por todos los medios, incluido, si es necesario, el aborto. Se ha instaurado en nuestra sociedad la noción de que se vive mejor sin hijos, o con pocos hijos. Las parejas no se casan, sino que conviven juntos. En tal situación de inestabilidad familiar, donde el vínculo se da por supuesto, pero no existe, pocos se atreven a complicar la situación trayendo un hijo a la escena. Y para cuando algunas parejas dan el paso a formalizar la relación, poco tiempo después se rompen, por lo que no dio tiempo a tener hijos, o sólo tuvieron uno. En el caso de que no fuera así, la propia situación social no motiva a tener una familia numerosa. El trabajo no es seguro, la vida está muy cara, hay que tener casa y coche propio, ir de vacaciones, salir con los amigos a cenar... ¿Cómo se puede hacer todo eso y además tener hijos? "Sólo los ricos se lo pueden permitir", piensa la gente. Cuando la realidad es que las familias numerosas no son normalmente las que mayor renta tienen. Pero eso es otro tema. Los hijos se retrasan lo más posible, porque la pareja quiere "disfrutar" al máximo de la vida antes de cargarse con responsabilidades familiares, en un concepto equivocado de lo que significa la felicidad matrimonial. Así, la edad media de maternidad en España está hoy en los 30,95 años. Ya me dirán cuántos hijos puede tener una pareja que espera hasta los 31 años para comenzar a procrear... A muchos, de hecho, el deseo de paternidad les llega demasiado tarde, y se ven obligados a recurrir a costosas técnicas de fecundación in vitro para conseguir el hijo que la naturaleza se niega ya a otorgarles.
Soy consciente de que el tema es poco "políticamente correcto". Pero estoy absolutamente convencido de que tal filosofía es la que nos ha arrastrado a la situación de caos (también económico) que vivimos actualmente. Los padres que quisieron tener pocos hijos para  poder ofrecerles TODO (los hijos, ya se sabe, son muy caros), llenaron de cosas a sus pocos retoños. Y ahora, estos pocos niños que vivieron una infancia supuestamente mejor, van a tener que soportar un futuro francamente gris. Porque si las pensiones peligran para los que estamos en los 40, para las generaciones que hoy se incorporan a la vida laboral y que son el tallo de este champiñón demográfico, el futuro es nigérrimo. Sólo un cambio de mentalidad, de una sociedad que valore la vida como un don y no un derecho puede ayudar a invertir la tendencia. Pero para ello, las nuevas generaciones tendrán que renunciar al confort al que les hemos acostumbrado y volver a los viejos valores del sacrificio, trabajo  y austeridad. Que a la larga verán les hace más felices que esta sociedad blandi-blue que les hemos preparado.
El problema es, ¿quién se atreve a decir todas estas cosas? A ver quién es el guapo, con la que está cayendo...
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