5 de noviembre de 2012

¿Eutanasia o suicidio asistido?


Un policía municipal de Córdoba reclama la eutanasia para sí mismo. El caso acaba de saltar a los periódicos merced a la publicidad que un sobrino le ha hecho publicando una alegoría en su blog, que pueden ver en este enlace.
El resumen del caso es el siguiente: Francisco Guerrero Rivas es un hombre de 56 años que hace 10 años comenzó a sentir los primeros síntomas de esclerosis múltiple progresiva. Esta enfermedad le ha conducido en la actualidad a un estado en el que camina con mucha dificultad, sólo dentro de su casa. Para salir necesita una silla motorizada. Y tiene además graves dificultades para comer y beber. Su sobrino, en el blog citado, hace una alegoría de su situación con la de una persona privada de libertad: El enfermo es un condenado, que para mayor escarnio desconoce la razón de su condena. Sufre por tanto, el absurdo de no entender la razón de por qué le ocurre esto a él, en una moderna versión del Segismundo de Calderón de la Barca. Una condena que se le ha aplicado, además, sin posibilidad de recurso, y que cada día que pasa se va haciendo más y más insoportable porque le va privando gradualmente más y más de su libertad. Lo que pide es que le dejen recurrir la sentencia que le condena, lo cual en la alegoría es sinónimo de solicitar la eutanasia: Con el apoyo de su familia, Francisco reclama para sí la eutanasia, que es vista como la única salida a una vida que ya no quiere ser vivida. La vida se le hace insoportable a Francisco, y ya no quiere seguir viviendo en esas condiciones. Su familia le da la razón. Le ven sufrir, pero no saben cómo poder aliviarle el sufrimiento.
El problema es que lo que solicita no es legal en España. La solución a su problema, usando el recurso de acabar con la vida, no se contempla en nuestra legislación. La eutanasia, en definición de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, es “la conducta (acción u omisión) intencionalmente dirigida a terminar con la vida de una persona que tiene una enfermedad grave e irreversible, por razones compasivas y en un contexto médico”. Y tal acción está penada por ley, como cooperación al suicidio. Que además de un delito, no es una acción ética. Porque nadie debe matar a otra persona, aunque se lo pida por compasión.
Por tanto, es conveniente llamar a las cosas por su nombre. Hay muchas definiciones de eutanasia (como la “buena muerte”). Se habla de “morir dignamente”. Pero en realidad, lo que Francisco y su familia piden es que se le ayude a suicidarse. Buscan el suicidio médicamente asistido. No se trata de aliviar una situación que se considera insoportable, sino de acabar con ella de forma irreversible.
Pero sin embargo, uno de los instintos que el ser humano posee, como todos los animales, es el de la supervivencia. Este instinto nos lleva a huir de las situaciones peligrosas, y, en un plano más espiritual, a buscar la manera de perpetuarnos en el mundo, no obstante la certeza de la inevitabilidad de nuestra propia muerte, a través de nuestros descendientes o de las obras que en el mundo dejemos. Por tanto, desde esta evidencia, hemos de concluir que el deseo de acabar con la propia vida es patológico, no es natural, y debe ser tratado. Porque el enfermo, cuando pide muerte, en realidad lo que pide es que le ayuden para evitar el sufrimiento. Y considera que llegado a un punto de insoportable aguante, la mejor solución es el suicidio, como forma de acabar con el sufrimiento. Si fuéramos capaces de aliviar el sufrimiento, el deseo de morir desaparecería.
Esto es lo que se ha demostrado en un estudio publicado en JAMA (una revista de la asociación americana de médicos) en el 2002. El artículo analiza la situación de pacientes terminales en relación con el suicidio médicamente asistido. Y descubre que cuando se presta atención a las razones que llevan a los pacientes a solicitar la eutanasia, si se dedica atención a esos aspectos, las peticiones de ayuda al suicidio disminuyen dramáticamente, hasta llegar a un mínimo 1%. Resulta lógico, pues centrarse más en la atención al enfermo que en provocarle la muerte. La primera opción supone afrontar la enfermedad propia o ajena con dignidad. Con la dignidad que poseen todos los seres humanos, por muy enfermos o limitados que estén. La segunda es lo que hacemos con los animales.
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