22 de enero de 2010

Testamento vital. Entereza de una maestra

Le pidió a su hija que le imprimiera la oración de S. Agustín. Y luego, con delicadeza, cuando ella se la trajo, le dijo: "No, quédate tú con ella". Hasta para esta postrera lección fue tan elegante, mientras sentía cómo se iba acercando al umbral definitivo.

No llores si me amas,
Si conocieras el don de Dios y lo que es el cielo.
Si pudieras oír el cántico de los ángeles
y verme en medio de ellos.
Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos, los horizontes, los campos
y los nuevos senderos que atravieso.
Si por un instante pudieras contemplar como yo,
la belleza ante la cual las bellezas palidecen.
¿Tu me has visto,
me has amado en el país de las sombras
y no te resignas a verme y
amarme en el país de las inmutables realidades?
Créeme.
Cuando la muerte venga a romper las ligaduras
como ha roto las que a mí me encadenaban,
cuando llegue un día que Dios ha fijado y conoce,
y tu alma venga a este cielo en que te ha precedido la mía,
ese día volverás a verme,
sentirás que te sigo amando,
que te amé, y encontrarás mi corazón
con todas sus ternuras purificadas.
Volverás a verme en transfiguración, en éxtasis, feliz
ya no esperando la muerte, sino avanzando conmigo,
que te llevaré de la mano por
senderos nuevos de Luz y de Vida.
Enjuga tu llanto y no llores si me amas.

S. Agustín (354 - 430 d.C.)
A nosotros nos quedan tres cosas:
1.- Dar gracias
2.- Aprender de su ejemplo
3.- Continuar el camino por ella iniciado
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